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Desde mi silla haré mis sueños

Desde mi silla haré mis sueños

Por: Grabiel Peña González.

 

Sin luna y de escasas estrellas, fue la noche del domingo veintidós de marzo de 1987. Un entrecortado llanto de niño recorrió el espacioso salón anunciando su presencia en el mundo, a la vez que se mezclaban quejidos de parto, consejos y rostros impresionados del personal médico.

El alumbramiento fue normal - señala Orlaida García Cabrera
- al nacer se le detectó la patología, para mí fue muy duro que mi hijo naciera con ese problema, la familia enfrentó la difícil situación, había que tener fuerzas y valor para luchar.

Esta mujer, cubana, parece hecha de bronce: el color de su piel, la fortaleza de carácter, los músculos definidos y tensos debido al rigor del trabajo físico y la cabellera cada vez más blanca y bruñida, delatan el sufrimiento de la madre, quien se enfrentó a los defectos de la naturaleza, llevando a su pequeño con paso firme por el camino de la esperanza.

Ramón es un niño muy bueno, estudioso, a pesar de sus limitaciones físicas se incorporó, aunque tarde, a la escuela primaria Arquímedes García, en Delicias, donde venció la enseñanza elemental - acotó Orlaida-

En la primaria mis compañeros eran muy buenos conmigo – irrumpe el infante en la conversación- cuando yo llegaba con mi mamá, guillermito ayudaba a subir la silla, todos me trataban muy bien y la maestra de manera especial.

Ahora este ser de voluntad increíble, tórax ancho, potentes brazos y mirada de futuro se mezcla en la masa de pioneros uniformados con pantalón amarillo y camisa blanca, propio de la enseñanza media básica.

Mis asignaturas preferidas son la historia y la biología, la historia porque uno aprende los momentos felices y tristes por los que han pasado los pueblos del mundo y en especial el cubano y la biología porque estudia los animales, las plantas y al ser humano.

Una severa malformación a la altura de la columna vertebral, definida por los especialistas en medicina como Mielomeningocele, le depararía una silla de ruedas, limitación a la que José Ramón Peña García se sobrepone con la misma entereza y valentía de los grandes hombres.

Yo enfrento la vida normal sin ningún complejo, soy un muchacho normal, juego con mis amigos pero prefiero la colombofilia.

Yo voy al palomar de mi vecino Tony Laguna, donde con su ayuda y la de los demás niños subo al techo para soltar las sisellas y disfrutar de su vuelo.

Este adolescente de piernas dormidas con su silla de inválido halla siempre la senda del bien sin esconder nunca el cuerpo a los peligros, es de esos niños que al decir del maestro, la enseñaza los rebela a la vida y fructifica en él la obra de la paciencia y la bondad.

Sin luna y de escasas estrellas, fue la noche del domingo veintidós de marzo de 1987, cuando nació este pequeño gigante que responde al nombre de José Ramón Peña García, para quien el sol envía hoy su más clara luz.

 

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